27 ago. 2012

¿Los cubanos hemos sido víctimas de una conspiración de la burguesía, al estilo de los nazis de Adolfo Hitler?

Es una pregunta que me hice muchas veces en los 32 años que pase en Cuba después de la Revolución Fidelista de 1959. Viví numerosas anécdotas que me dieron lugar a esta duda, que por supuesto nunca confesé a nadie.
La primera de todas fue en 1962, cuando oí a alguien burlarse de la forma que mataron a Paquito González, el Primer Pionero Cubano, durante el traslado de las cenizas de Julio Antonio Mella, fundador del Primer Partido Comunista Cubano.
En esa época trabajaba como redactor de la “Revista Pionero”, donde  trataban de interesar a los niños en el proceso político que se vivía en el país, además de despertarle la curiosidad por personajes de la Revolución Cubana como el piloto Rafael del Pino, Héroe de Playa Girón, a quien yo mismo entrevisté y los héroes de la Unión Soviética, como el primer astronauta Gagarin, sobre quien escribi una historia inventada, mezcla de ficcion y realidad, de su vida como niño pionero de la URSS.









En 1960 matriculé en la Escuela de Ciencias Sociales de la Universidad de La Habana, convertida más tarde en Ciencias Políticas. Fidel Castro casi todas las noches se aparecía en la Universidad siendo muy popular entre algunas chicas que luego eran invitadas a visitarlo en privado. Privilegios  del líder.
Desde aquella fecha noté el tratamiento especial que daban los profesores a los hijos de la burguesía, que todavía asistían normalmente a los cursos de la Universidad .
Todavía no había comenzado abiertamente la persecución y expulsión de los estudiantes desafectos al sistema.

La mayoria de nuestros profesores eran de las clases clase media y alta cubana, y siempre nos hablaban del “suicidio de clase”, como para justificar su presencia allí. Entre ellos Gustavo Román Fabal, el preso más joven de la dictadura de Machado, quien nos explicaba la historia de las ideas políticas con anécdotas de sus viajes por todo el planeta.
Un gran burgués, pero al mismo tiempo uno de nuestros mejores profesores por el realismo de sus explicaciones con frases como: "yo vi", "cuando yo estuve", "mi impresion frente a..."  y que nos hacian experimentar su propia vivencia, que salian del contexto de los profesores que recitaban sus textos.
El Dr. Álvarez Tabio, esposo de la escultora Rita Longa, magnifico profesor, siempre elegante, vestido de cuello y corbata, que entre su manías burguesas tenia la de cambiar la manilla de su reloj todos los días, de acuerdo al color del traje que llevaba puesto, Marina Hart, hermana de Armando Hart, hijos de una familia burguesa, y otros más o menos del mismo origen que no vale la pena destacar.
Había excepciones como el Dr. Sergio Aguirre, Profesor de Historia, hombre honesto sin extremismo ni blanduras, que no tenia temor en llamar las cosas por su nombre y quien luego fue nombrado preceptor de los hijos de Fidel Castro y el  Dr. Arnaldo Escalona Almeida,quien fue sancionado y enviado a trabajar a una OFICODA, la oficina de racionamiento de productos alimenticios, por causa de sus críticas a la persecución sistemática de que eran objeto los antiguos militantes del Partido Socialista Popular,
que fueron traicionados por su dirigencia, que entregó la dirección del Partido Socialista Popular, a la burguesía representada por Fidel Castro y demás dirigentes del 26 de Julio, a cambio de los privilegios
que gozaron hasta su muerte, personajes como Juan Marinello, "comunista" y  millonario, Carlos Rafael Rodríguez , intelectual burgués, antiguo Ministro sin Cartera de Fulgencio Batista, " Blas Roca"  ex Secretario General del PSP y Lázaro Peña, líder sindical negro.
Cuando termine mis estudios quise trabajar en la Academia de Ciencias, en el Dpto. de Arqueología dirigido por la Dra. Estela Rey. Coto cerrado. Allí todos eran burgueses de clase alta, empezando por su Presidente Antonio Núñez Jiménez y terminando por más el simple investigador.
Quiero destacar, tal y como ha dicho Alfredo Guevara, los verdaderos orígenes de los dirigentes "revolucionarios",  desde Fidel y Raúl Castro, que eran de la pequeña burguesía campesina, ansiosa de poder y plena de complejos de inferioridad, nada de latifundista ni otra cosa que nos han querido hacer creer, hasta el ultimo de sus cómplices, excepto Camilo Cienfuegos,  no tenían nada que ver con una Revolución Socialista,
Fidel Castro era un abogado,  sin clientes,  que vivia de la ayuda de su esposa, la señora Mirtha Diaz Balart y de su padre, el anciano inmigrante gallego Ángel Castro. Cuando murió el señor Ángel Castro su herencia era de solo 120 000 pesos, que aunque eral algo no era mucho para decir que era una familia de clase alta.

La burguesía cubana había rechazado a Fulgencio Batista, más que por sus crímenes, por su condición de cubano mestizo de indios, negros y españoles, a quien le negaron la membrecía en sus exclusivos clubs por su condición racial.                                                                                                                                       La discriminación  racial, no solo por la condición económica de las personas, se manifestaba claramente en en los predios de la radiodifusión, donde todas las novelas, cuentos y aventuras eran de factura europea blanca.
Había que oír a los dirigentes de la Redacción Musical hablar de los artistas negros.
Siempre que había un cantante o un músico o un actor negro, que trataba de trabajar en la Televisión, decían los “negritos estos  quieren vivir del “alte” (dicho así para burlarse) y no quieren trabajar”.

Muchas de aquellas personas hacían alardes de sus orígenes y de que la Revolución no les había resuelto nada, sino que ellos eran los grandes sacrificados. En realidad todos vivían en muy buenas casas y vestían a la última moda, lo cual me molestaba  por lo hipócritas que eran, y que yo, hijo de un obrero no tenía nada que ver con ellos.
Sí señor, Alfredo Guevara ha puesto muchas cosas en claro, que el conocia y que solo él podía decir para que fueran creíbles del "dulce encanto de la burguesía y la pequeña burguesía cubana", su clase de origen.

Y repito:
¿ Los cubanos hemos sido víctimas de una conspiración de la burguesía y la pequeña burguesía, al estilo de los nazis de Adolfo Hitler? Contestelo Usted.






Lic. Román Rodríguez.

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Declaraciones de Alfredo Guevara en España, comentadas por el Periodista Pedro Corzo y tomadas de " El Lagarto Verde"

Las declaraciones de Alfredo Guevara a la Televisión Española obligan a reflexionar las causas que motivaron que un número importante de cubanos, casi todos con títulos universitarios y muchos procedentes de familias de clase media y alta, que eran los que más posibilidades tenían de disfrutar las libertades burguesas, así las denominaban, fueran los verdugos de los derechos de todos, y muy en particular los de las generaciones por venir.

Lo que dijo Guevara muy probablemente sea la conclusión a la que han arribado muchos de los que construyeron a sangre y fuego, arropados en la mentira y la difamación, el totalitarismo cubano, pero el caso de Guevara es muy especial, porque aunque no haya estado en la línea del frente, dirigido un centro de represión o un pelotón de fusilamiento, integraba la más alta cúpula del poder y era amigo personal de Fidel Castro, por lo que aquí cabe lo que dice el novelista José Antonio Albertini, “con la tinta también se mata”.

Mientras Ernesto Guevara, Ramiro Valdés, José Abrahantes, Sergio del Valle y otros mas, dedicaron todo su esfuerzo y voluntad a destruir a la oposición conduciendo al paredón a miles de personas, a la cárcel a decenas de miles y a campo de concentración como los de la UMAP a miles de jóvenes; Manuel Piñeiro, Víctor Dreke y Ernesto Guevara entrenaban a miles de jóvenes del continente, inculcándoles la certeza de que la violencia era la única solución a los males de sus respectivos países, lo que llevó el luto y la pena a cientos de hogares de América Latina. Por su parte, Arnaldo Ochoa, Ulises Rosales del Toro, Raúl Menéndez Tomasevich, Leopoldo Cintas Frías y otros entorchados cubanos, cumplían los sueños imperiales de Fidel Castro en África y América Latina, en la isla Armando Hart Dávalos instrumentaba el control absoluto de la educación e intentaban crear y promover nuevos valores sobre los que se desarrollaría el nuevo orden, entre tanto, Luis Felipe Carneado organizaba la represión a las iglesias y sus fieles, instrumentaba la infiltración en las diferentes religiones y logias fraternales, para asumir en el momento preciso su control.

Simultáneamente los medios de comunicación pasaron al control del estado. Se estableció un absoluto control en la información y el derecho de expresión, varios fueron los artífices de esta misión tan destructiva.

Aceleradamente el estado cubano se enfiló a la quiebra económica. Las industrias y los comercios fueron confiscados. La construcción paso al control del estado. Los bienes de consumo empezaron a desaparecer.

Raúl Roa García se prestó como instrumento principal para que Cuba se convirtiera en un país dependiente de la Unión Soviética. La política exterior cubana fue un reflejo de la soviética a excepción de aquellos puntos en los que el máximo líder tenía un interés especial.

Por su parte Nicolás Guillen no fue menos, aceptó dirigir la UNEAC un engendro castrista para controlar a los escritores y artistas, mientras Alfredo Guevara, uno de los más influyente colaboradores de Fidel Castro, cumplía los suyos, fundando el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográfica.

Se instauraron otros engendros culturales para atar a los intelectuales, uno de ellos fue el Consejo Nacional de Cultura y la Casa de las Américas, dos piezas claves para impedir una actividad intelectual independiente.

De hecho y por encima de los demás cancerberos de la creación Guevara asumió el control del mundo intelectual cubano. Impidió que los creadores se expresaran con libertad imponiendo en todas las instancias la ortodoxia fidelocastrista de “con la revolución todo, contra la revolución nada

Se asalarió la creación intelectual y aquellos que fueron y son todavía hoy capaces de negarse, a pesar del mea culpa de Guevara, sufren, en el mejor de los casos el exilio interno o externo.

Guevara dice asumir como propios los errores de la Revolución y que en su opinión lo que está sucediendo en Cuba, aludiendo a las supuestas reformas de Raúl Castro, es una apertura para que retorne la libertad, las libertades que nunca debieron ser mal vistas, frase con la que sigue escondiendo su complicidad con los dos grandes responsables de la destrucción moral y material del país, Fidel y Raúl Castro, porque en Cuba las libertades nunca fueron mal vistas, los que lucharon y siguen luchando por ella sufren persecución y acoso, se exilian, van a la cárcel o encuentran la muerte como Porfirio Ramírez, Laura Pollán, Orlando Zapata Tamayo, Osvaldo Paya Sardiñas y Harold Cepero.

Pedro Corzo.
Radio Martí Noticias.


23 ago. 2012

Carta de un joven que se ha ido

Este es mi blog, donde publico mis opiniones, mi visión del mundo, en fin lo intimo de mi pensar, pero  hoy quiero publicar una carta de alguien que ha escrito mucho mas de lo que yo pudiera decir y es por ello que le cedo mi espacio para publicar su carta, aun sin su permiso, pues la considero palabras de todos los cubanos y me apropio de ella.
Román


Enlace: http://www.elnuevoherald.com/2012/08/23/1283742/jovenes-emigrados-cubanos-reclaman.html#storylink=cpy



 Carta de un joven que se ha ido

  de  Ivan López Monreal

Pomorie, Bulgaria.







Estimado Rafael Hernández,

He leído con mucho interés su “Carta a un joven que se va”. Me he sentido aludido, porque hace dos años me marché de Cuba, tengo 28 años y vivo en Pomorie, una ciudad balneario situada en el este de Bulgaria. La razón por la que le escribo es para intentar explicarle mi postura como joven cubano emigrado. Sin solemnidades ni verdades absolutas, porque si algo me ha enseñado dejar mi país, es descubrir que esas verdades no existen.

Puede que algunos de los que nos hemos marchado en los últimos años (somos miles) tengan claro el momento en que decidieron hacerlo. Yo no. Lo mío fue progresivo, casi sin darme cuenta. Empezaría con ese recurso tan cubano que es la queja. Por nimiedades, tal vez. Por lo que no hay, por lo que no llega, por lo que pasa, por lo que no pasa, por no saber. O no poder. La queja no es grave, lo grave es que se cronifique como una enfermedad cuando nada parece resolverse. Y uno puede aceptar que eso es así, y es tu país para lo bueno y para lo malo, o pasar a la siguiente categoría, que es la frustración. O sea, descubrir que la solución a la mayoría de los problemas no está en tus manos. O no te permiten hacerlo. O aún más triste: no parece importar.

Abandonar o permanecer en tu país es una decisión muy personal que nunca debe juzgarse en términos morales. Yo elegí este camino porque quería un futuro diferente al que veía en Cuba, y salí a buscarlo consciente de que podía salir mal, pero quise correr ese riesgo. No voy a mentirle diciendo que fue doloroso. No lloré en el aeropuerto. Todo lo contrario, me alegré. Le digo más, me liberé.

Tiene usted razón cuando dice que mi generación carece de esos lazos emocionales que generan experiencias como Playa Girón, la Crisis de Octubre o la guerra de Angola. Pero no se equivoque, yo también he tenido mis epopeyas. A lo mejor no tan épicas, pero sí igual de demoledoras. En estos veintidós años que menciona, he visto degradarse el país por el tanto lucharon mis padres.

He visto marchar a mis maestros de primaria y secundaria. He visto a familias discutir por el derecho a comerse un pan. He visto el malecón lleno de gente nerviosa gritando contra el gobierno, y gente aún más nerviosa gritando a su favor.

He visto a jóvenes construyendo balsas para huir quién sabe a dónde, y a una turba lanzando mierda de gato contra la casa de un “traidor”. Incluso, Rafael, he visto a un perro comiéndose a otro perro en la esquina habanera de 27 y F. Y también he visto a mi padre, que sí estuvo en Angola, con el rostro pálido, sin respuestas, el día que un custodio de hotel le dijo que no podía seguir caminando por una playa de Jibacoa (frente al camping internacional) por ser cubano .

Yo estaba con él. Yo lo vi. Tenía diez años, y un niño de diez años no olvida cómo la dignidad de su padre se va a la mierda. Aunque haya vuelto de una guerra con tres medallas.

Me habla usted de las conquistas sociales de la Revolución. De la educación y la medicina. Voy a hablarle de mi educación. Tuve buenos maestros, y cuando se marcharon fueron sustituidos por otros menos preparados que, a su vez, fueron reemplazados por trabajadores sociales que escribían experiencia con S y eran incapaces de señalar en un mapa cinco capitales de Latinonamérica (esto no me lo contaron, lo viví)

Mis padres tuvieron que contratar maestros privados para que yo aprendiera de verdad. No lo pagaban ellos sino una tía mía radicada en Toronto. De modo que si somos honestos, buena parte de la formación que tengo se la debo a los clientes del restaurante griego donde trabajaba mi tía.

Pero hay más. En tiempos de mi hermana mayor era extremadamente raro que un alumno sacara una nota de cien. En mi época el cien se volvió algo común, no porque los alumnos fuésemos más brillantes sino porque los profesores bajaron sus exigencias para maquillar el fracaso escolar.

¿Y sabe una cosa? Yo tuve suerte, porque los que venían detrás de mí en vez de maestros tuvieron un televisor.

De la medicina poco tengo que decirle porque usted vive en Cuba. Y salvo el hecho de mantenerse la gratuidad, cosas que admito sigue siendo meritoria, el estado de los hospitales, la precariedad de unos médicos mal pagados y la creciente corrupción empujan cada vez más al sistema de salud hacia ese tercer mundo del que tanto hizo por alejarse.

Y lo cierto es que, hoy en día, un cubano que maneje divisas tiene más posibilidades de recibir un tratamiento mejor (haciendo regalos o incluso pagando) que uno que no lo tenga, aunque sea de forma ilegal. Y aunque la constitución diga otra cosa.

Por triste que resulte admitirlo, Rafael, la educación y la medicina de la que disponen los cubanos de hoy es peor que la que disfrutaron mis padres.

Usted dice que el país hace un gran esfuerzo, que existe un embargo. Y yo le respondo que también existe un gobierno que lleva cincuenta años tomando decisiones en nombre de todos los cubanos.

Y si estamos en el punto en el que estamos, lo más sano es que admitiera que no ha sabido, o no ha podido, o no ha querido hacer las cosas de otra forma.

Por la razones que sea. Porque el fracaso también está cargado de razones. Y en vez de atrincherarse con sus figuras históricas en el Consejo de Estado, debería dar paso a los que vienen detrás.

Rafael, es muy frustrante para un joven de mi edad ver que en Cuba llevamos 50 años sin que se produzca un relevo generacional porque el gobierno no lo ha permitido. Y no hablo de que me den el poder a mí, que tengo 28 años.

Hablo de los cubanos que tienen 40, 50 o incluso 60 años y no han tenido nunca la posibilidad de decidir. Porque las personas que hoy en día tienen esas edades y ocupan puestos de responsabilidad en Cuba no han sido formados para tomar decisiones, sino para aprobarlas.

No son dirigentes, son funcionarios. Y ahí incluyo desde ministros hasta los delegados de la asamblea nacional. Son parte de un sistema vertical que no da margen para que ejerzan la autonomía que les corresponde.

Todo se consulta. Y contrario a lo que dice el refrán: en vez de pedir perdón, todos prefieren pedir permiso.

Dice usted que en mi país se puede votar y ser elegido para cargos desde los 16 años. Y que la presencia de jóvenes delegados ha bajado desde los años 80 hasta ahora. Incluso me advierte que si seguimos marchándonos, habrá menos jóvenes votando y por tanto menos elegibles.

Y yo le pregunto: ¿De qué sirve mi voto? ¿Qué puedo yo cambiar? ¿Qué han hecho los delegados de la asamblea nacional para que me interese por ellos?

Seamos sinceros, Rafael, y creo que usted lo es en su carta, así que yo también quiero serlo en la mía, ambos sabemos que la asamblea nacional, tal y como está concebida, solo sirve para aprobar leyes por unanimidad.

Resulta paradójico llamarle asamblea a una institución que se reúne una semana al año. Tres o cuatro días en verano y tres o cuatro días en diciembre. Y en esos días se limita a aprobar los mandatos del Consejo de Estado y de su Presidente, que es quien decide lo que se hace o no se hace en el país.

Lamentablemente, yo no puedo votar a ese presidente. Y no sabe cuánto me gustaría hacerlo.

Hace unos días escuché a Ricardo Alarcón confesarle a un periodista español que él no cree en la democracia occidental “porque los ciudadanos solo son libres el día que votan, el resto del tiempo los partidos hacen lo que quieren...”

Aunque fuera así, que no lo es (al menos no siempre, y no en todas las democracias), estaría reconociendo que desde que yo nací, en 1984, los electores en Estados Unidos, por ejemplo, ha tenido siete días de libertad (uno cada cuatro años) para cambiar a su presidente. Algunas veces lo han hecho para bien, y otras para mal. Pero esa es otra historia.

Un joven de New Jersey que tenga mi edad ya ha tenido dos días de libertad para, por ejemplo, echar a los republicanos de Bush y nombrar a Obama.

Los cubanos no hemos podido tomar una decisión así desde 1948 (no incluyo las elecciones de Batista, por supuesto).

Y si usted me dice que la capacidad de nombrar a un presidente no es relevante para un país yo le digo que sí lo es. Y más para un joven que necesita sentir que se le toma en cuenta. Aunque solo sea por un día.

Usted probablemente piensa que los que nos marchamos elegimos el camino más fácil, que lo duro es quedarse a resolver los problemas.

Pero le tengo que decir que mis abuelos y mis padres se quedaron en Cuba para pelearse con esos problemas. Renunciaron a muchas cosas por la Revolución y hasta se jugaron la vida por ella. Para darme un país avanzado, equitativo, progresista. Y el que me han dado es uno en el que la gente celebra poder comprar un carro y vender su casa como si fuera una conquista.

Pero eso no es una conquista, es recuperar un derecho que ya teníamos antes de la Revolución.

¿A eso hemos llegado? ¿A celebrar como un éxito algo tan básico? ¿Cuántas otras cosas básicas habremos perdido en estos años?

Para mis padres es doloroso asumir ese fracaso, y no lo quieren para mí. No quieren que con 55 años tenga un sueldo que no me alcance para vivir, ni el sueldo ni la libreta

Porque no alcanza. Y no quieren que para sobrevivir acuda al mercado negro, a la corrupción, a la doble moral, a fingir.

Prefieren que esté lejos. A los 28 años yo me he convertido en la seguridad social de mis padres, ¿O cómo cree que sobreviven dos personas con 650 pesos?

Sí, Rafael, hemos tenido que irnos cientos de miles de cubanos para que nuestro país no quiebre. Lo que Cuba ingresa de nuestras remesas es superior, en valor neto, a casi todas sus exportaciones. Eso sí, el país ha perdido juventud y talento, y en vez de abrir un debate realista sobre cómo parar esa sangría, sigue anclado a un inmovilismo ideológico que no es otra cosa que miedo al futuro.

¿Y qué hago yo en un país cuyos gobernantes le tienen miedo al futuro...? ¿Esperar a que se mueran...? ¿Esperar a que cambien las leyes por generosidad y no por convicción? ¿Qué hago yo en un país que sigue premiando la incondicionalidad política por encima del talento? ¿A qué puedo aspirar si no basta con lo que soy y lo que hago...?

¿A convertirme un cínico? ¿O me anima usted a que dé la cara y diga lo que pienso? Algunos jóvenes de mi generación ya lo han hecho, ¿Y dónde están?

Recordemos a Eliécer Ávila, un estudiante de la Universidad de Oriente que tuvo la valentía de preguntarle a Ricardo Alarcón por qué los jóvenes cubanos no podíamos viajar como cualquier otro, y fue represaliado por el sistema.

Él no tuvo la culpa de que allí hubiera un cámara de la BBC , ni de la respuesta ridícula que dio Alarcón (aquella barbaridad de que el cielo se llenaría de aviones que chocarían entre ellos)

Hoy Eliécer vive marginado por razones políticas. Y no es un terrorista ni un mercenario ni un apátrida, es un joven humilde, mulato, universitario, que cometió el error de ser honesto.

Que triste hacer una revolución para terminar condenando a alguien por ser honesto. ¿Para eso quiere usted que me quede, Rafael?

Dejar tu país y tu familia no es un camino fácil. Ni la solución a nada, solo es un principio. Te vas a otra cultura, tienes que aprender otro idioma, pasas momentos muy malos.

Te sientes solo. Pero al menos tienes el alivio de saber que con esfuerzo puedes conseguir cosas.

Mi primer invierno en Bulgaria fue muy duro, conseguí trabajo como transportista y pasé cuatro meses subiendo y bajando lavadoras para ahorrar dinero y poder viajar a Turquía. Una ilusión que tenía desde niño. Y viajé.

No tuve que pedir un permiso de salida ni mi avión chocó con ninguno. Pude cumplir el sueño de Eliécer. Y me alegro de haberlo hecho.

He conocido otras realidades, he podido comparar. He descubierto que el mundo es infinitamente imperfecto, y que los cubanos no somos el centro de nada.

Se nos admira por algunas cosas igual que se nos aborrece por otras.

También he descubierto que irme no ha cambiado mis convicciones de izquierda. Porque lo de Cuba no es izquierda, Rafael. Póngale usted el nombre que quiera, pero no es izquierda.

Yo estoy de parte de aquellos que buscan el progreso social con igualdad de oportunidades y sin exclusiones. Pienses como pienses. Sin sectarismo ni trincheras. Porque eso solo sirve para enfrentar a la sociedad y sustituir verdades por dogmas.

Por último, Rafael, la casualidad quiso que terminara en un país que también estuvo gobernado por un partido y una ideología única. Aquí no hubo revolución de terciopelo como en Checoslovaquia, ni derribaron un muro como en Berlín ni fusilaron un presidente como en Rumania. Aquí, como en Cuba, la gente no conocía a sus disidentes.

Aquí no había fisuras, y sin embargo, en una semana pasaron de ser un estado socialista a una república parlamentaria. Y nadie protestó. Nadie se quejó.

No puedo evitar preguntarme, ¿Acaso pasaron 40 años fingiendo? Desde entonces no han tenido un camino de rosas, han enfrentado varias crisis, incluso la población ha llegado a vivir con peor calidad de la que tenía en los años 80, pero curiosamente, la inmensa mayoría de búlgaros no quiere volver atrás.

Y eso que el socialismo que dejaron ellos era bastante más próspero que el que hoy tenemos los cubanos. Pero en este país no piensan en el pasado, piensan en el presente. En mejorar la economía, en resolver las desigualdades (que las hay, como en Cuba), en combatir la doble moral, los personalismos y la corrupción que generó el estado durante décadas.

El día que ese presente importe en Cuba, no tenga duda, nos veremos en La Habana.

Ivan López Monreal

Pomorie, Bulgaria.

10 de agosto del 2012