25 sept. 2010

La Sabiduria del Sol.


En la plaza de un pueblo donde se reunían todos los habitantes para conversar, intercambiar impresiones, o comerciar  algún  producto  de su  trabajo, había un hombre vestido muy  humildemente, sentado en un lugar solitario,  con su cabeza cubierta por una gorra muy usada que ocultaba  su pelo,  al parecer muy blanco por las mechas que se escapaba  de sus bordes, todos se acercaban  por unos instantes para saludarlo y luego continuar su camino con una expresión sonriente en el rostro. Su conversación con quienes  le saludaban  era muy difícil de oír por el bajo tono  en que se desarrollaba.

Una mañana de verano, cuando el sol no había salido totalmente,   cuando más intenso era  el intercambio entre lo que frecuentaba  la plaza y las voces de los vendedores eran más fuertes ofreciendo sus productos, apareció un hombre, corpulento, con la piel muy blanca  de quienes permanecen mucho tiempo al interior  de sus viviendas, adornado con joyas y metales preciosos en  sus manos y  collares alrededor de sus cuello, vestido con tejidos de la mayor calidad y  su cabeza cubierta  con un gorro de armiño bordado con hilos de oro.
 Al juzgar por su vestuario, nada común entre los habitantes de aquel lugar,  era un extranjero,  procedente de algún lugar lejano,
 A su llegada inmediatamente algunas personas se acercaron para brindarle ayuda. El propietario del mesón  que abría sus puertas sobre  la plaza, se acercó para ofrecerle sus servicios al interior de su establecimiento. Pero el hombre lo rechazó, explicándole que deseaba permanecer al exterior al parecer para disfrutar de la agradable temperatura veraniega.
 Bastaron aquellas pocas palabras, articuladas en un tono  indiferente,  para que el mesonero  ordenara a uno de sus servidores  traer  una mesa y sillas para ubicarla frente a su comercio y que el recién llegado pudiera acomodarse según sus deseos. No era nada extraño aquel ofrecimiento pues muchos de los ancianos de la zona acudían allí para sentarse  expuestos al sol de la mañana mientras tomaban un café negro, regularmente amargo, y  fumar sus pipas, con tabacos aromáticos con olor a manzanas  o tomar una taza de té conversando y  viendo pasar  los que visitaban la plaza.
Una vez sentado el hombre ordenó le sirvieran una jarra de vino rojo calentado y algunos dulces de harina típicos de la región. Mientras tomaba y saboreaba con placer su copa de  vino, contemplaba con mucha curiosidad todo lo que sucedía su alrededor. Sus ojos no se fijaban en nada en especial y tanto miraba lo que estaba cerca como a lo lejos, como si  quisiera abarcar toda la plaza con una sola mirada.
Los lugareños, quizás impresionados por su presencia, nada común en  aquel lugar o por su vestuario, o  su gran estatura y corpulencia, no se acercaban y también lo miraban de soslayo con la discreción característica de los hombres y mujeres campesinos.  Para ellos sucedía como con muchos de sus de sus animales:  La  mirada directa,  plena,  a los ojos era casi un reto, que invitaba sino a la disputa a una actitud más o menos de rechazo pero nunca amistosa.
Tradicionalmente en aquella zona el establecimiento de relaciones con desconocido se guiaba por las  costumbres ancestrales de los habitantes de la región.  Sólo se hacía para ofrecerle alguna mercancía o algún servicio  o si el recien llegado de alguna forma manifestaba su interés por establecer el contacto  de alguna manera  con alguno de  ellos.  
En realidad ,después que el hombre se ubicó en el lugar e hizo su petición de servicio para consumir, nada de su parte manifestaba el interés por establecer relaciones con quienes se encontraban alrededor o cerca del lugar donde estaba situado.
Pero ocurrió quedurante su recorrido visual se quedó con su mirada fija en el lugar donde estaba sentado el solitario  anciano, el hombre  que  todos saludaban  con  frases y gestos amistosos, y  aquello  captó  la atención del hombre con gran fuerza.
Era como si sintiera una gran necesidad de saber a qué se debía el  interés por aquel  hombre, que realmente no tenía ningún elemento discordante con el entorno para llamar la atención.
Deseaba muy especialmente saber que palabras  se intercambiaba entre ellos en sus rápidas conversaciones y gestos. Le llamaba la atención que casi todos se despedían del anciano con una sonrisa amable, mientras el hombre quedaba en su lugar con gran  placidez reflejada en su rostro.
Pensó  para sus adentros que quizás el hombre era un mediante que coleccionaba la caridad ajena, pero no veía  ningún tipo intercambio entre ellos  o posiblemente  un comerciante vendiendo algo. Pero cuál era su mercancía si nada  entregaba ni nada recibía.
No podía comprender que estaba sucediendol Sin pensarlo mucho llamó al mesonero y le preguntó quién era aquel hombre que tanto llamaba su atención.
El mesonero simplemente le contestó que era un anciano de la zona, un hombre de buen corazón, que siempre tiene una frase amable, un consejo para darlo a quienes se lo pedían.
Entonces el hombre le comentó:
- ¡Ah!..Es un consejero. Seguramente obtiene  grandes beneficios materiales con sus consejitos  o se aprovecha saciando sus necesidades en las mesas de quienes se  los piden. Ya sabía yo que algún negocio había detrás de toda esas  conversaciones y  sonrisas. La vida me ha enseñado que nadie da nada por nada incluso un simple saludo. Yo todo tengo que pagar o comprar todo lo que recibo o necesito-
El mesonero, un hombre que había dedicado  toda  subida a servir a otros, que sentía sumo placer en hacerlo, rápidamente, como quien se siente herido en lo profundo de sus valores humanos,  le contestó:
-¡Perdone el Señor! Pero este hombre que Usted ve ahí, aunque viste modestamente, y está sentado en los escalones que dan acceso a nuestra  iglesia,  es un hombre rico, un hombre que su juventud trabajó mucho  la tierra para lograr hacerla fructificar, que educó una numerosa familia en el amor y respeto a los demas, hoy sus hijos se encuentran en muy diversos lugares del mundo  ayudando a otros y repartiendo afecto como su padre les enseño. Ya no trabaja y vive de lo que ahorró antes. Sus tierras son trabajadas por el mayor de sus hijos que prefirió quedarse a lado de sus padres y crear su propia familia.
! No, ese hombre  no pide ni recibe nada de nadie! -dijo enfatizando sus palabras-. Simplemente viene a la plaza,  a tomar el sol y disfrutar de la compañía de todos los que visitan la plaza como él-..
-En varias ocasiones le he ofrecido sentarse aquí, donde mismo está usted ahora, y no ha querido, porque dice sería como alejarlo de su casa, el lugar donde se sentaba cuando era joven y venía a la plaza buscar trabajo. Me dijo que él prefería quedarse allí para nunca olvidarse de quién era y como había comenzado su vida-
El hombre después de oírlo  detenidamente, le preguntó:
-¿Y de dónde ha sacado su sabiduría? Si ha pasado toda su vida inclinado trabajando  la tierra. ¿Acaso es un hechicero o quizás alguien que ha hecho pacto como seres diabólicos?-
-No creo- dijo el mesonero, apenado por tener  que contradecirlo otra vez- su bondad es tan infinita que  es imposible pensarlo. Nada de cosas ocultas. Ya otros le han hecho directamente  a él esa misma pregunta y su respuesta ha sido que trabajando la tierra, a solas,tuvo mucha oportunidad de pensar y contemplar cómo las semillas que iba sembrando se transformaban  en frutas y árboles que crecían sin cesar mientras más tiempo y amor  les dedicaba.
Que la vida le había demostrado que sólo con pensar en lo que deseaba, de sentir las cosas como realizadas eran suficiente para llegar a ellas. Que comprendió que sus pensamientos le provocaban emociones que le impulsaban y daban fuerza que podía transmitir a otros, que de una forma u otra facilitaban sus proyectos, sobre todo con la confianza absoluta de que el Universo lo protegía en sus propósitos ayudándole cada día como enfrentar y transformar la realidad según sus deseos y convicciones sin dañar a nadie y al mismo tiempo ayudando a quienes a su vez necesitaban su ayuda o que alguna vez le habían ayudado de alguna forma . Que cada día sabía ya desde el día anterior lo que quería obtener y como lo quería hacer. Convencido de que con su esfuerzo y su entrega a sus ideales no había nada que no pudiera lograr.

Que con el tiempo habia comprendido que siempre podía recoger lo mismo que sembraba, que lograba la cosecha que se proponía, porque trabajaba para lograrlo y tenía fe, mucha fe en sus capacidades para crear lo que se proponía.
Concluyo el mesonero,  para terminar diciéndoles:

- Por eso ahora cuando ya la tierra que antes yo  labraba  con un mínimo de esfuerzo y grandes resultados me  hizo ver que se necesitaban otro brazos más fuertes que los míos  para ayudarla  a parir y dar sus frutos,   decidí sentarme ahí para sembrar  en otros la fe y la fuerza que antes la gran Escuela del Universo había sembrado en mi  corazón  y mi pensamiento. La Escuela  donde  todos podemos  ser alumnos y asistir  y aprender  cada día para luego ser  Maestros también.Y fue entonces que el hombre sonrió, se levantó de la cómoda butaca en que estaba sentado, atravesó la plaza, fue donde estaba el anciano solitario y le pidió permiso para sentarse a su lado para preguntarle -¿Por qué es usted así,  por no quiere sentarse en  un lugar más cómodo o  quizás viajar y disfrutar  todo lo que ha aprendido y  atesorado en larga  vida de trabajos sacrificios?El anciano con una  simple  sonrisa le contesto:
  Porque el  Sol siempre ha estado en el mismo lugar  y sabe  cómo   desde alli darnos su calor  y su fuerza, y  sobre  todo porque nace cada día para ser como es  y darnos lo  que posee.
  Se puso de pie el desconocido , se despidio del anciano y se marcho con la mejor sonrisa que nadie habia visto jamas.

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