4 may. 2009

Dolor de barrio




Quizás suene extraño este título de hoy, pero se trata de una oración en la que trato de comunicar ideas que no son fáciles de expresar de otra forma más directa, como esa de carácter popular que dice `` fulano es un dolor de hue.... a la que no quiero referirme porque no eso lo que quiero decir.
Escribiendo estas notas, que son parte mi vida íntima, me doy cuenta que a veces abandono el porqué de mi título inicial y trato aspectos colaterales, esta vez, debo hacer un esfuerzo para mantenerme dentro de la idea principal, debido a que se trata de un tema que tiene como dicen ``mucha tela por donde cortar``
Yo nací en un barrio de La Habana que debido a mi tierna edad no conocí más allá del Cine Coloso en la Calzada del Cerro.
Viví en la Carretera de Guanabacoa, al lado de la Virgen del Camino, pero lo que más marcó mi vida de adolescente fue el barrio de San Leopoldo, situado entre la Calzada del Malecon, llamado el Collar de Perlas del Mar Caribe, y las calles de San Lázaro, Galiano, Zanja y Belascoain.
No era un barrio famoso por tener una comparsa destacada u otra cosa en particular, en Belascoaín, estaba la Casa de Beneficencia y Maternidad, frente al Parque Maceo, lugar donde muchas madres solteras, pobres y otras no tan pobres, depositaban en un llamado torno el fruto de amores ilícitos, muchas veces concebidos en relaciones extramatrimoniales o para cuidar la reputación familiar de alguna familia acomodada, entregándolos a la institucion pública atendida con mucho amor por las Hermanitas de la Caridad.
Muy cerca estaba el Hotel San Luís, propiedad de la familia de mi abuela materna, donde se alojaban los peloteros de las grandes ligas que visitaban Cuba, y la posada El Paraíso, propiedad de mi tío Nemesio, donde iban las parejas a disfrutar unas horas de amor, muchas veces adultero, por una renta extremadamente económica.
La famosa dulcería El siglo XX en Neptuno y Belascoaín, muy limpia y bien servida por eficientes meseros hacia las delicias de las chicos del barrio y de otros que venían de más lejos. Su calidad era comparable, o quizás superior al famoso Potín del Vedado. En nuestro barrio estaba El Ten Cent, algo parecido a Wall Mart pero más barato, que después fundó una sucursal en 12 y 23, cerca del Cementerio de Colón.
En el barrio estaban ubicadas las tiendas El Encanto, y la Época, muy frecuentadas por la burguesía criolla, La Casa Prado que regalaba una guayabera los domingos a quien identificara a su hombre, perdido entre la multitud de la ciudad.
Entre las tiendas de ropa habían otras más humildes, como la Opera y la Popular, propiedad de Manuel Canoura, un gallego, Presidente de la Artística Gallega y con quien tuve el gusto de trabajar.
El periódico el Crisol,la emisora radial COCO de Guido García Inclán, a la salida de la cual mataron al Presidente de la FEU Justo Flores, y el periódico Tiempo de Cuba, el Cine Neptuno, y la American Grocery, que yo,inventando mi inglés,leía Grosería Americana.
Siendo casi un niño, un vecino nuestro me llevó a visitar el Diario de la Marina donde trabajaba como redactor, esa persona despertó mi amor por las letras, un amor profundo que nunca se ha dormido, alguien que probablemente ya está descansando en una mejor vida, y que siempre recuerdo con mucho respeto y cariño el periodista Pedrito Ramos.
En San Leopoldo tuve amiguitos que aprecié mucho Jesús Ávila Roselló, Nano Godínez, Felo, el mecánico dental, Papo García Tuñon, Enrique Albertini, y la mujer más linda del barrio que despertó mis primeras ansias de adolescente, Carmelina García Tuñón.
Allí disfruté por primera vez del sexo tarifado, con una mujer llegada de México, a quien entregué junto con $1 mi inocencia de adolescente. Fue dulce conmigo y la recuerdo con cierta ternura a pesar de lo triste de su profesión, después compré amor a la bella Anita en la calle San Miguel, calle donde unas cuadras más lejos encontré el amor por primera vez sin pagarlo, con la madre de mi hija mayor y dejé de ser adolescente para convertirme en un joven adulto. .
San Leopoldo era un barrio donde se daba todo lo que caracterizaba a una ciudad.
Situado por una parte al lado de la zona de tolerancia del Barrio de Colón donde mayormente vivían prostitutas, homosexuales, y proxenetas, y por la otra el Barrio de los Chinos, también pleno de casas de prostitutas y el Teatro Shangai, un espectáculo para adultos, era fácil conocer y probar drogas como las píldoras de dormir, la marihuana, y el alcohol.
Se le podía considerar un barrio menos violento y con gentes de más integración social que otros con las características de Cayo Hueso, fundado por cubanos llegados desde Key West en la Florida, Los Sitios Aceres o Pueblo Nuevo, sus vecinos más cercanos.
Había en San Leopoldo grandes casas de vecindad llamados solares como el 510 de la calle Virtudes, El Reverbero, la Yegua y casas de inquilinatos, al lado de bellos edificios de apartamentos, y casas particulares muy bien cuidadas por sus propietarios.
La mayoría de los que allí vivían eran empleados de oficinas, trabajadores del comercio, obreros, maestros, gente que de cierta manera mantenían una vida pacífica, casi provinciana en medio de la agitada ciudad.
Sus calles, recorridas por policías indolentes, estaban limpias, asfaltadas sin baches, por ellas circulaba una línea de ómnibus que daba servicio al barrio, la Ruta 57 y lo atravesaba el tranvía por las calles San Lázaro en la bajada y por la calle Neptuno en la subida.
Su Iglesia de Montserrat, centro imprecindible de un municipio que se respetara, tenía gran belleza arquitectónica, servida por el padre Lobato y su sacristán Enrique.
Centros de esparcimiento muy lujosos eran el famoso Cine América y el más modesto del Radio Cine, muy frecuentados por la sociedad habanera, con sus intermedios musicales y donde se presentaron muchos artistas famosos entre ellos nuestra siempre admirada Olguita Guillot en el esplendor de sus años juveniles, Josephine Baker, La Platanitos y otros no menos famosos que escapan de mi memoria.
No teníamos ríos ni lagos para pescar, y mucho menos la nieve para esquiar, pero si poseíamos nuestro tramo del Malecón, donde nos citabamos con las noviecitas, escapados de la escuela, con arrecifes que nos servían de trampolines para lanzarnos en las aguas azules y pescar, algunas veces en otras coloreadas por las aguas albañales donde desembocaban las llamadas mojoneras, no porque marcaban el límite de alguna zona, sino por la olorosa carga de su contenido de excrecencias humanas.
San Leopoldo era mi barrio, como de tantos otros, albergue de personajes como Huelelea, Rodolfo el Loco, Cheo Valor, Mariposa, La Mora, Dientes, Ramoncito El Chulo de la China, que de una forma u otra se hacían remarcar, no precisamente como ejemplos a imitar y otros más aceptables dentro del contexto de los que allí habitábamos como Califa, devenido Maître de Hotel en Varadero, el Congo muerto en un trabajo de los llamados voluntarios, Raulito El Tuerto, Tarzanito, culturista ex pupilo de la casa de Beneficencia, orgulloso de sus tatuajes de anclas coloreadas, grabadas en sus bíceps, durante su estancia en puertos extranjeros, en sus viajes como marino mercante, lo que casi me lleva a imitarlo, lo que no hice porque solamente tenían disponible tinta azul y negra, Chocolatico, nuestro campeón local, émulo de Kid Chocolate y a quien vencí por azar en un combate cuerpo a cuerpo en las aceras del Malecón, victoria que a la larga fue fatal,pues después se me presentaban candidatos al combate que realmente no tenía ninguna ganas de enfrentar por sus tamaños y evidente fuerza física.
Mi padre decía que había que fajarse con los más grandes y nunca con los más chiquitos, un consejo que hoy me hace pensar en su autodefensa, pues mi viejo no se caracterizaba precisamente por su gran talla, él era siempre más chiquito que todo el mundo, menos los enanitos de Blanca Nieves.
Me gusta soñar con mi barrio, igual que con mi padre ya fallecido, porque es la única forma que los vuelvo a ver como eran.
En mi barrio me hice hombre y puedo decir, sin nostalgia, que junto con la Habana Vieja, era mi lugar preferido, ambos plenos de experiencias de todo tipo que aún hoy en la noches pululan mis sueños, lugares donde mis recuerdos tienen todos los matices imaginables de quien ha vivido una larga vida.
A principios del 59 mi vida tomó un giro diferente, en busca de otros horizontes mi barrio quedó atrás, no de mi memoria sino de mi vida cotidiana.
Cuando iba a visitar mi hija Xiomara, quien continuaba viviendo allí, me era más fácil bajar por San Lázaro que atravesarlo, mientras que sin darme cuenta los años pasaban.
Cuando en 1973 mi hermano Ramón se fue a vivir a Nueva York, tras sufrir la prisión por haber tratado de escapar de Cuba de forma ilegal (SIP) y más tarde, en 1977, mi hija Xiomara emigró a México, en brazos de un amor extranjero, mis visitas al barrio perdieron su razón de ser.
Fue unos meses antes de tener la oportunidad de salir de Cuba, en un viaje turístico organizado por la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC), de la cual yo era miembro fundador, que aproveché para exiliarme, que por una casualidad de la vida me encontré con un amigo de mi adolescencia Rogelio San, un mulato descendiente de chinos quien me invitó a visitarlo en su casa de la calle Lagunas, en los altos de la antigua Sociedad de Artistas.
Su invitación, gentil, como siempre había sido, no podía rechazarla, aunque ir a mi barrio fuera pasar un momento difícil por la ausencia de mis seres más queridos de entonces, mi hija Xiomara y mi hermano Ramón.
Tuve la suerte de encontrar un taxi y fui directamente a casa de Rogelito para detenernos frente a su casa en Lagunas donde entré sin tener la oportunidad de ver mucho de los alrededores.
Estuve algunas horas en su casa y supe de amigos que se había marchado como Wilfredo Fernández, un linotipista, negro muy amigo de ambos y con quien muchos domingos salimos de excursión. Conocí sus hijos, ya mayores y su orgullo por sus éxitos deportivos.
Hubo un momento que pensé, o casi le dije, lo que pensaba hacer si me autorizaban el viaje, pero noté su rechazo a mis primeras palabras y le cambié el sentido a la conversación, pues, aunque no estaba seguro, desde muy joven sabía que tenía ideas socialistas.
Fue una tarde de recuerdos agradables y tristes, pero lo pasé bien, Regelito era un tipo simpático, reidor que te hacia sentir bien y su esposa, que conocí aquel día, era una típica mulata cubana muy agradable y afin a su amable esposo. Se notaba que existía un gran amor entre ellos.
Tenía hambre, pues en casa de Rogelito, como en todas las casas de Cuba, parece que no habían muchas provisiones para invitar a nadie, y decidí irme a la Unión Árabe de Cuba, en el Paseo del Prado, el Club de la Comunidad Árabe y del que era miembro fundador. En el Club donde se podía comer al nivel de los mejores restaurantes gracias a la ayuda de las embajadas árabes.
Lo triste, lo difícil de aceptar, se presentó cuando me fui y decidí atravesar el barrio para llegar hasta el Club.
Cuando llegué allí mi apetito había desaparecido. Una gran tristeza lo había sustituido mientras atravesaba el barrio y veía los edificios destruidos, las paredes carcomidas como edificios centenarios, sin pintura, balcones caídos y otros sostenidos por muletas, las calles plenas de huecos, baches, las alcantarillas tupidas por la basura amontonaba en las esquinas.
Los locales de los antiguos comercios cerrados o convertidos en casas, con bloques y ladrillos clausurando las entradas sin repello, toda la apariencia de una ciudad que hubiera sufrido un bombardeo enemigo, sólo comparable a los barrios marginales de Haití y las más sucias y destruidas ciudades que he visto en el África Negra abandonadas por las metropolis.
Por eso es que hablo de DOLOR DE BARRIO, no porque lo recuerde con amor, no por todo lo que trae a mi vida actual, pues como dijo el poeta, recordar es volver a vivir, sino por lo que ya no es.
Por la destrucción paulatina de que ha sido objeto, por parte de quienes parecen que odian nuestra capital, por el injustificable abandono,de las autoridades del pais que nunca hubiera querido haber visto, y que nada tiene que ver con el famoso bloqueo yankee.
Me dolió y todavía me duele, sobre todo porque veo que todo se eterniza y la reparación de tanta destrucción no termina de llegar.
Por eso, para no sufrir, no pienso en regresar y me pregunto qué pensará de todo esto Ambia, un joven negro de mi barrio devenido poeta y muy popular entre los intelectuales de la UNEAC.
Dime Ambia, hiciste ya una poesía a la destrucción de nuestro barrio?.
¿Crees que valga la pena?
Yo creo que sí, porque óyeme bien mi Acere, mi ambia de San Leopoldo, mi socio, me duele, padezco y sufro de DOLOR DE BARRIO mientras tú le sirves de bufón a quienes no se lo merecen, recuerda: Tú vales más que todos ellos juntos.

1 comentario:

Anónimo dijo...
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